¿Cual es mejor canción, para ti?

jueves, 4 de septiembre de 2008

LA DESPEDIDA

Sus ojos rojos, coronados por unas ojeras oscuras, reflejaban las largas horas de trabajo. El resplandor del monitor como única fuente de luz, solo conseguía darle un aspecto macabro resaltando su rostro cadavérico, del que colgaba, cual cuadro de Rojas, un cigarrillo a medio consumir.

Se despedía de ella, sabía que este era el fin. Ella lo veía por su pantalla aun con ojos de amor; solo veía al que fue, al que nunca se iría, al que nunca cambiaría. No veía al rostro de muerte, veía al hombre; su angustia crecía al verse atada de manos, sin poder hacer nada por él. Ya había intentado buscarlo, pero el jamás le revelo donde se hallaba. Solo podía verlo cuando él se conectaba para hablar con ella con esa estúpida camarita web, que le mostraba imágenes borrosas y entrecortadas. Esta fue su manera de hablar con él durante casi tres meses, pero hoy era distinto, había algo más, quizá también sabía que este era el final.

Él le escribía en su viejo teclado manchado de pintura, donde ya no se notaban algunas letras: - Estoy tranquilo, complete mi trabajo, pinte otra serie completa y termine la novela. Apenas dormía, me tome litros de yerba mate y me fume como tres fajos de cigarrillos. Comía lo que podía, pero ni lo extrañaba; a veces me quedaba dormido frente al computador, despertaba y seguía trabajando. Pero nunca antes tuve tanta energía, no siento ninguna necesidad, soy feliz como nunca lo fui. Estoy completo, seguro de lo que hago, a veces escribo por horas sin borrar una sola palabra, pinto series completas sin volver atrás; pero lo mejor de todo es que me gusta lo que termino; mi búsqueda concluyo, las respuestas al fin se hicieron visibles, halle la salida del laberinto, arribe a Ítaca, se entrego la raíz con el 10, se abrieron las ventanas y el cuarto respiro. El único problema es que ya no queda más que buscar, así que llego la hora de descansar. –

Ella no reclamo nada, solo contemplaba la imagen borrosa en la pantalla en una mezcla de serenidad y melancolía. Ella también se despedía, lo extrañaría, pero sabía que él estaba feliz y era suficiente.

Él, apago el computador, encendió la luz y se sentó en el taburete que le dejo su abuela, frente a la pared posterior del cuarto. Apareció lentamente, materializándose primero una mitra imponente, de ángulos redondeados, bordeados con una cinta dorada. Su rostro blanquecino lleno de arrugas que le daban una sensación de sabiduría, equilibraba perfectamente con el púrpura de su vestimenta. Luego apareció el báculo pastoral de oro, coronado con una voluta en forma de serpiente, que parecía el único soporte que mantenía firme a su decrépito cuerpo y que resaltaba más que nada en la aparición, todo esto coronado por un espléndido anillo en su mano derecha. – ¿Cómo te sientes, debes estar cansado de tanto trabajar? – le pregunto.

- Hola padre, solo me despedía. –

- Me alegro, ¿le contaste del tesoro? –

- Claro, ya sabe todo; ¿sabe cómo se llamara el bebe?, Como mi abuelo. El día que nazca, prometí volver a verlo; así que tiene que hablar arriba, para que me dejen volver aunque por un rato. ¡Ah! y ya le explique que cuando encuentren su cuerpo, deben enterrarlo de sentado, ya que a Ud. no le gusta estar echado, imagínese recostado por toda la eternidad. –

- ¡Imaginaos!, me parece muy bien; ¿qué le dijiste acerca del crucifijo? –

- Que el crucifijo de madera lo debe guardar la familia por siempre. Lo del cofre con joyas, le explique que debía ser para el bienestar y preparación del niño. Le conté sobre lo que mi bebe significaría para un futuro y porque de la importancia de su educación. No le conté sobre Ud. porque creería que estoy más loco de lo que ya sabe; además quien tomaría en serio lo que dice un muerto, por mas prelado u obispo que sea. Solo un loco como yo. –

- Tienes razón; pero por favor apaga ese puto cigarro, que me vas a matar de nuevo, coño, no piensas en este viejo, que tanto te quiere. –

- No joda padre, que al fin de cuentas el único que se va a morir, soy yo; más bien dejémosle el cuarto lleno de humo a ese sombrerudo del diablo, ya sabe cuánto le molesta. Seguro no tardara en aparecer gruñendo como un cerdo, después de corretear a las gallinas de la portera o de manosear a su hija. –

- Pobre alma atormentada, era un niño que murió antes de ser bautizado –

- Claro, eso es lo que él quiere hacernos creer, para justificar de esa manera sus correteos, como si a nadie le hubiera ido mal en algún momento. Pero en toda su maldad, tiene algo a lo que me acostumbre, incluso es posible que extrañe esa malicia; ese enano gruñón a veces le dio un poco de sabor a nuestra rutina.-

Como si hubiese adivinado que se hablaba de él, o quizá porque los duendes saben algunas cosas, apareció en el cuarto; con su sombrero de paja gigante, su traje raído y unas extrañas botas que le daban un aire grotesco y cómico a la vez. Entro maldiciendo; en sus manos aun tenía algunas plumas de las gallinas que había montado. Se sentó en la mesa de la computadora y se puso a comer un huevo crudo que había robado.

- Hablando de Roma – dijo el obispo.

- De donde sales, esa pobre señora todos los días se queja de que sus gallinas aparecen muertas o que ya no quieren poner huevos. Ya le dije que te deje miel o por lo menos unos confites, pero tienes que dejar de molestarla. Y a esa pobre niña, no podrás tocarla más porque la bautizan este domingo. Pobre diablo, como te vas a aburrir solo, ya ni el obispo vendrá a verte. No podrás joderme cambiando las etiquetas de los colores de las pinturas, ni podrás manchar mis sabanas blancas con los carboncillos. Pero, me das lastima, te quedaras solo de nuevo, con tu gruñido de cerdo que nadie más escuchara, ocultándote todo el tiempo como la serpiente asustada que eres. Pobre de ti, ya verás cómo nos extrañaras; solo por eso, si te sirve de consuelo te dejo mi computador, quizá navegando por las páginas de pornografía que acostumbras, consueles a tu maldita alma y no te vuelvas más loco de lo que estas. –

- Ya deja de molestarlo, el también vino a despedirse; además el cuidara el tesoro, hasta que lo descubran; él le mostrara a tu mujer donde debe cavar cuando venga. –

- Si, tienes razón; bueno discúlpame enano, sabes que en toda tu fealdad te llegue a querer. Y si tú me quisiste un poco, te encargo algo, cuida al pequeño cuando llegue el momento. Quizá así logres redimir tu alma, seas perdonado y vuelvas a ser un niño de nuevo. ¿Es lo que quieres verdad?, o pretendes seguir siendo la rata que eres. Bueno supongo que algo de divertido ¿debe ser, no?; de todas maneras espero que recuerdes cuanto me odias, para cuidar al niño y redimirte de verdad, cerdo inmundo. –

- Ya, es suficiente, deja al hombrecillo tranquilo, ya es hora que nos vayamos. ¿Cómo te sientes? –

- En paz, complete el camino, termine mi búsqueda. –

- Vamos. –

- Bueno enano, no me decepciones, cuídate. –

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Ella llego a la casona medio derruida, con sus paredes gruesas, sus tumbados de tela, entretechos altos de caña recubiertos con tejas; pisos de ladrillo y puertas inmensas de madera y metal, eran hechas para que no pase nada; ni el frio ni la desesperanza. Cuando cruzo el portón, un vientecillo tibio corrió por el pasillo, cual cálido recibimiento; cuando entro al cuarto, encontró todo como él le dijo; las pinturas apoyadas contra la pared en grupos de diez, ordenadas por series increíbles. Una pared repleta de dibujos de carboncillos, que parecían los estudios previos. Dibujos sobre todos los muebles; algunos tenían forma y eran fáciles de reconocer; la mayoría parecían garabatos para el ojo no entrenado, hechos para analizarlos, para tratar de comprenderlos, para darle a cada obra un sentido superior al de una simple copia de la realidad.

Se sentó frente al computador, lo prendió y abrió el único archivo que se encontraba en el escritorio; se trataba de la novela. Estaba terminada, pero no intento leerla, sabía que tendría el tiempo necesario después. Se paro y empezó a curiosear con los cuadros; la primer serie mostraba un gran sufrimiento, expresaba angustia, dolor, miedo; seres malformados, rodeados de rostros que siempre miran hacia el vacio; una gran muestra de la peor soledad acompañada; colores caóticos, donde predominaba el gris, hechos a pinceladas largas y sin sentido. Supo que eran los cuadros del tiempo en que la dejo, cuando su angustia lo venció y solo atino a escapar.

Las otras series eran distintas, una a una jugaban con colores cada vez mas cálidos, donde la luz y las formas mostraban la calma que su espíritu fue asumiendo. Ella comprendió que su partida fue sin prisas, que al fin había encontrado esa esquiva felicidad.

Se sintió cansada, había viajado toda la noche y su embarazo lo hacía más difícil; decidió que lo mejor era irse a descansar, ya después mandaría a retirar todo del cuarto. Estaba saliendo, cuando el ruido de un objeto golpeando el piso le hizo dar vuelta, se trataba del único cuadro que colgaba de la pared posterior. En el lugar donde estaba el cuadro, pintado en la pared, había un signo que solo ella entendía, ese era el lugar donde debía buscar.

Al día siguiente volvió con un obrero, que le hizo realizar extraños ritos antes de empezar a cavar; con el segundo combazo la pared cedió y dio lugar a un macabro descubrimiento. Era el cadáver de un obispo vestido de púrpura, sentado con su báculo pastoral y con una hermosa cruz de madera entre sus manos. En el piso, un pequeño cofre que una vez abierto, dio lugar a las joyas más hermosas que jamás habían visto. Era el tesoro que dejaron para su hijo.

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Años después, el muchacho volvió a la casona donde su padre le había dejado el tesoro. Entro al cuarto ya derruido y sin techo; se sentó entre los escombros, bajo la mochila que cargaba, con mucho cuidado abrió el cierre y dejo salir a un hombrecillo pequeño que en toda su fealdad, expresaba una gesto que parecía una sonrisa. Se había redimido.

ENRIQUE SEROLF