¿Cual es mejor canción, para ti?

lunes, 21 de abril de 2008

UN RELATO CORTO




LOS OJOS



Malditos ojos que me ven y me atrapan hasta la muerte de los siglos
Malditos ojos que me ven y me arrancan del paraíso, para dejarme en la puerta del limbo
Malditos ojos que arrancan mi alma hasta podrirla en el tiempo
Malditos ojos que salen del hades para arrastrarme a su muerte
Malditos ojos, hastiados de vida, succionando mi aliento





- Acaso hay peor castigo en vida, que tu único compañero en lo que te queda, sea el miedo… ¿tú lo conoces? –

La humedad y la noche, le consumían el cuerpo y el alma. La soledad del camino a veces era interrumpida por el sonido del viento, que acompañaba al caminante fugitivo. Estaba cansado, pero sabía que le seguían. En los bolsillos ya no le quedaba más que un pedazo de chocolate que encontró en el bolsillo de un paracaidista muerto colgado de la percha de una choza. Sabía que si no encontraba donde descansar y comer, el cansancio y el hambre terminarían venciendo. Pero su voluntad era inmensa, había logrado escapar a pesar de que todo su batallón fue diezmado en menos de 10 días. Había caminado por 3 días sin parar, y su travesía ya era por mas de dos semanas, aunque avanzando muy lentamente porque solo bordeaba los caminos para no ser visto; el sabía que a su estaban a su espalda y otros por el camino.

De ves en cuando escuchaba algún sonido y con mucha prudencia se ocultaba tras los arbustos o en los árboles, hasta que el silencio podía oírse de nuevo. Desde sus escondites vio pasar filas interminables de soldados y oficiales de su ejército; el terrible ejercito de los estandartes de águila, que habían conquistado medio mundo creando un imperio inmenso guiados por el hombrecito y que ahora se arrodillaban a los cobardes que solo meses antes habían visto huir.

El frió, la oscuridad, el hambre, los de los otros ejércitos, lo desconocido e incluso la muerte, le daban miedo, mucho miedo. Pero de lo que de verdad huía, a lo que de verdad tenia miedo, mas que miedo terror, se trataba de esos ojos que lo veían aun durmiendo, los fantasmas, los muertos vivos que caminaban detrás de las filas de sus compañeros prisioneros, cuerpos esqueléticos, blancos a mas no poder, almas en pena con rostros sin emoción. Engendros vestidos a rayas, que se arrastraban persiguiendo las filas de soldados vencidos, como perros salvajes, esperando que alguno no pueda mas y se quede rendido al borde del camino, para devorarlo. Horribles seres infernales que casi habían logrado exterminar, pero que estos estúpidos, habían liberado. Los idiotas no se daban cuenta que con el tiempo ellos serian el alimento de los demonios. Pero este era el momento de la revancha, y el no podía hacer nada mas que huir.

Si bien no sabía hacia donde estaba yendo exactamente, su intención era ir lo más lejos posible de las bestias. Para poder descansar, alimentarse y quizás reagrupar a los que encuentre. Esa noche la oscuridad era un martirio, porque si bien le ayudaba a ocultarse, las espinas del campo desgarraban su ropa y sus carnes. Una se introdujo por el hueco de su bota clavándose entre sus dedos, un grito interno fue lo único que le acompaño, el miedo a las bestias no le dejaba ni desahogarse gritando. Solo sintió como empezaba a humedecerse su bota por la sangre, pero no quedo más que seguir caminando. Estaba débil y le costo mucho llegar al final de este terrible campo de espinos, donde una pared de pino de unos tres metros de alto delimitaba el lugar.

Bordeo la pared hasta que encontró un pequeño hueco en el piso por donde se veía una tenue luz, arrastrándose paso al otro lado, donde se encontró con unas cajas viejas amontonadas, que le sirvieron de escondite mientras estudiaba su entorno. Si algo aprendió en el campo de batalla fue a esperar. En la casa solo había una ventana con luz, pero no se veía ningún movimiento dentro. Espero oculto tras las cajas, por mucho tiempo, hasta que el cansancio fue más fuerte y quedo dormido. Solo le despertó el frió del amanecer acompañado por el ruido de un avión que al parecer hacia un recorrido de inspección. La luz del día le permitió ver mejor donde estaba; era una casa vieja de piedra y madera, a la que le faltaba el techo del ala norte, destrozado por lo que debió ser una bomba perdida. Por lo demás la casa estaba completa y al parecer su estructura estaba casi intacta. Se encontraba a un costado de la casa, en un lugar ideal porque le permitía ver la casa sin ser visto y en cualquier caso el hueco de la pared de pino seria una vía de escape de ser necesario. De todas maneras estaba muy cansado y no quiso hacer más que esperar.

Fue cuando el sol termino de salir completamente, que la puerta principal se abrió. Primero salio una pequeña niña rubia, de unos 8 años, cargada de un pequeño perro negro. Tras de ella, una anciana; delgada, alta y bien erguida, con el pelo gris y con la mirada fría como la mañana. Abrieron el portón principal y salieron juntas. El espero un poco más, espero hasta que no se escucho nada, pero a pesar de que no quería arriesgarse a salir de su escondite aun, el hambre venció a la prudencia y decidió arriesgarse e investigar, se acerco por la parte trasera de la casa, espiando por las ventanas. No había nadie más en la casa, por lo menos en ese piso, o al menos es lo que parecía. La puerta estaba abierta e ingreso a la casa sin hacer ruido; dio con la cocina, donde encontró una pequeña botella de leche que bebió muy lentamente; sabia que no había comido mas que unos pedazos de chocolate durante tres días y que debía tener cuidado al tomar esa leche.

Solo bebió la mitad de la botella y después la volvió a llenar con agua, no era tiempo de que lo descubran. Investigo un poco mas en la casa y en la sala le llamo la atención la calidad de los muebles. Lo raro era, que habían sobrevivido ese invierno sin ser destrozados en la chimenea. Probablemente este hermoso hogar, fue la residencia de un oficial de su vencido ejército, que mantuvo la calidad de la casa a pesar de las circunstancias. Hermosos muebles victorianos, acompañados de un piano de cola que al parecer aun era usado por las personas que habitaban la casa; dos deliciosas arañas colgaban del techo, y algo que destacaba de toda la decoración de la sala, una hermosa chimenea que al parecer era parte de un sistema de calefacción que se distribuía con hermoso ritmo por toda la casa; pero lo que mas le impacto fue un hermoso cuadro neoclásico que colgaba de la pared principal encima de una pequeña mesita. Todo era muy raro, no eran tiempos de casas hermosas.

No quiso arriesgarse más y volvió a su escondite en el patio. Ya era de noche cuando se abrió de nuevo el portón principal e ingresaron las dos mujeres. Ya en la casa, no se escucho nada por un buen rato. Espero que la noche tomara de nuevo el control, para arriesgarse de nuevo acercándose a la casa. Por la ventana posterior pudo observar a la anciana sentada en la mesa principal comiendo muy lentamente. La niña sentada al piano sin tocarlo, parecía perdida viendo el cuadro encima la mesita.

Espió por un buen rato y a pesar de que pensó que seria fácil dominar a estas dos mujeres, decidió no arriesgarse y esperar un poco más. Pero cual seria su sorpresa al ver que la anciana se paraba y retiraba el cuadro. Tras del mismo, a manera de pared falsa, una madera cubría un cubículo bien iluminado. Dentro del mismo en un altar, apareció algo que le dejo mudo. Acabo sucediendo lo que menos esperaba, y pero aun en esos momentos, donde el solo hecho de tener eso en una casa, podía significar la muerte o algo peor.

El hombrecito del cuadro, con su mirada perturbada, parecía observarlo desde su altar. La anciana le encendía unas velas como si se tratare de un santo. Era algo muy extraño, pero a la vez, fue algo que le calmo el alma y el corazón. Después de tanta penuria, al fin había encontrado a personas de su país, de su bando, de su RAZA. Y sin pensarlo dos veces, entro a la casa. La anciana, lo primero que hizo fue cubrir el altar como por instinto. Y luego trato de alcanzar una pistola que tenia sobre la chimenea, mientras la niña se ocultaba debajo del piano; el saco una bandera que tenia guardada en su bota. Una bandera roja, con un círculo blanco y una cruz esvástica negra al medio. La anciana se calmo inmediatamente y la niña sonrió…

Ya eran tres meses desde que el ejército nazi firmo su capitulación final. El estaba huyendo por donde pudo, alejándose de los caminos, con frió, hambre y miedo, mucho miedo. Tenía miedo de los rusos o de los norteamericanos, ingleses o los franceses; miedo a que lo maten o le hagan prisionero, pero sobre todo de que lo hagan prisionero. Pero no por miedo a perder su libertad, o ser torturado por sus captores; a lo que de verdad tenía miedo era a las columnas de judíos, gitanos y otras bestias que habían sido liberados de los campos de exterminio por estos malditos, que lo miraban con sus ojos sin alma. Esos seres que seguían a los prisioneros, sin decir nada, ni hacer nada. Los hijos de perra ni siquiera podían caminar, algunos no podían ni tenerse en pie y arrastraban a otros; esqueléticos, sin forma, deformes, algunos con el rostro destrozado. Pero a pesar de todo lo único que hacían era seguir a las filas de prisioneros, como esperando algo. Algo que el no sabía, ni entendía, pero que le daba mucho miedo.

Así confesaba sus miedos, su odio. Estaba con gente pura, que le podían escuchar y que sentían lo mismo, les contó como escapo, como huyo por ese campo, vestido con un traje roto que había quitado a algún muerto. Pensar que lo único que le quedaba de esa guerra, eran su botas de soldado, llenas de barro y medio rotas, pero que por lo menos le protegían un poco del frió. Eso le hacia mucho bien, no hablo con nadie desde que escapo. Y necesitaba hacerlo, necesitaba contar a alguien todo lo que estaba viviendo, sufriendo, lo que estaba consumiendo su cuerpo. Les contó todo lo que había hecho, como era su vida antes y después de esta guerra. El era un estudiante de medicina, hijo de una prominente familia influyente, con orígenes arios y puros. Estudio en Berlín, y desde su adolescencia fue parte de la juventud nazista. El recibirse como medico, también se recibió como hombre, pues había comenzado la guerra; como su familia tenía mucho poder en ese momento, pasó a ser parte de los SS, donde se inicio activamente con la eliminación de los SA en la “noche de los cuchillos largos”, no permitirían que un grupo de afeminados de clase baja hagan peligrar el imperio. Participo de la guerra en Polonia y luego del avance hasta Francia. Cuando Alemania había conseguido tomar Francia completa, se pensaba que la victoria era un hecho; fue cuando se entero de la existencia de un cerebro privilegiado, un investigador que estaba dedicando su vida a confirmar científicamente, porque los arios eran la raza superior. Fue ahí que solicito que lo enviaron a trabajar a su lado en Auschwitz, Polonia, al lado del gran Joseph Mengele.

A su lado aprendió, comprendió, se regocijo. Su grupo tenía el privilegio de destrozar a los cerdos. Fue testigo de las aberraciones que estas bestias podían engendrar. Les contó que a veces en los trenes, llegaban cientos de deformidades: enanos, dementes, homosexuales, prostitutas, retardados, lisiados y los pequeños demonios que ellos llamaban hijos. Ellos los separaban del resto, para investigarlos, para entenderlos, para ayudar a su ejército, a su gente.

- Joseph, era extraordinario, solo una gran mente como él podía hacerse cargo de todo ese trabajo. El se encargaba de seleccionar a los especímenes que estudiaríamos, ni bien llegaba el tren, el se paraba al medio y escogía los monstruos que utilizaríamos. –

Una carcajada corto el relato y sus pensamientos remplazaron las palabras. Recordaba con mucho placer una extraña colección en el cuarto de su mentor, una colección que el y unos cuentos escogidos habían conocido. En la pared de un cuarto, habían cientos de ellos, de todo tamaño y color; algunos hermosos, vigilantes, únicos. Eran el producto de mucho trabajo y mucho tiempo. El tiempo que más disfruto de su estadía en Auswitch fueron los momentos en ese hermoso cuarto al lado de su maestro. ¿Y que le fascinaba tanto de esta colección?, ¿Qué era lo que le sorprendía tanto?, ¿Por qué esta colección era única?, si simplemente se trataban de cientos de pares de ojos…

Al final guardo sus recuerdos y no les dijo nada. Les conto como tuvo que escapar cuando los rusos llegaron. Como vio morir a sus hermanos de raza, en manos de esos borrachos hijos de la gran puta. Les contó sobre su huida y sus sufrimientos en estas semanas. Y sobre todo les contó mil veces, les dijo una y otra vez, el miedo que tenía a estas bestias, que iban en hilera detrás de sus camaradas. Las dos mujeres le escucharon atentamente, sin decir nada mientras duro el relato. De vez en cuando la mujer mayor, asentía con una mueca parecida a una sonrisa, mientras la niña no pestañeo ni un segundo mientras escuchaba. La mujer mayor le ofreció un pedazo de pan y un poco de leche; posteriormente le dio un poco de guiso de carne con algunas patatas, lo mismo que al perro negro, ambos devoraron cual fieras salvajes. Posteriormente experimento una calma que no había sentido hacía muchísimo tiempo, se sentía relajado y seguro, quedo rendido y durmió.

Al despertar estaba todo a oscuras, le dolían los parpados, le hacía mucho frio, se sentía desnudo y el miedo que hace poco había olvidado, volvió como nunca antes. Estaba tendido sobre una especie de mesa metálica, encadenado y solo atino a gritar con todas sus fuerzas, grito durante mucho tiempo, sin que pase nada, grito hasta olvidarse de porque gritaba, grito sin tiempo ni espacio, grito de frio, grito con llanto, con rabia y sobre todo grito con miedo…

Sin saber cuanto tiempo pasó, se quedo en silencio sollozando sin saber lo que sucedía, tratando de escuchar algo, de adivinar donde estaba, pero solo tenía una extraña sensación, sentía que lo miraban. Ahí fue, que escucho algo. Al principio era una respiración agitada, luego se convirtió en una especie de risa que desbordo en carcajadas, pero lo peor es que no se trataba de una sola, eran cientos de risas, cientos de alientos que notaba cerca de el. Empezó a gritar de nuevo, a maldecir, no sabía que pasaba.

Fue cuando se prendió la luz del cuarto.

Eran ellos, cientos de ellos en ese cuarto de mierda. Algunos aun tenían sus harapos blancos a rayas, otros con abrigos rotos, otros simplemente con una bufanda y un gorro. Le veían con sus ojos de muerte, todos se reían con sus dientes podridos, todos cerca de el con su aliento viciado. Una mezcla de llanto, desesperación a gritos salía de su boca; amenazaba a la vez que suplicaba, se sintió humillado, enojado. Como fue tan tonto par dejarse atrapar por las bestias. De un momento a otro todos se callaron y abrieron paso a la anciana, la vieja que lo había engañado. Ella se le acerco y todas las bestias empezaron a alejarse, dejándolo solo con ella. Ella no dijo una palabra, lo único que hizo fue acercarse y sonreír levemente. Luego se fue y lo único que escucho, fue el sonido de una puerta cerrándose. Sintió como un mecanismo se activaba y sus cadenas se soltaron.

Solo le acompañaba la luz de una vela; sus ropas estaban al pie de la mesa, se vistió rápidamente y corrió hacia la puerta, era una puerta gruesa como de bunker de guerra, metálica, el sabía que era imposible abrir ese tipo de puertas, y al parecer habían cambiado el mecanismo de la misma, haciendo que fuera imposible abrirla por dentro, no tenia manilla y solo podía ser abierta por fuera. Estaba completamente atrapado. Su estupor del principio se convirtió en fuerza, empezó a investigar donde estaba con la vela que estaba sobre la mesa, al fondo del cuarto encontró muchas cajas, cientos de cajas con latas, todas llevaban el signo del tercer reitch, eran latas de comida y botellas con agua. Esto le confirmo que el lugar donde estaba, efectivamente se trataba de un bunker; un refugio construido por los alemanes, donde podía estar todo un grupo resguardado por años. Que ironía, un antiguo refugio de su gente, era ahora su cárcel.

Se sentó en el piso gimiendo, llorando. Nuevamente la ansiedad lo invadió, no sabía que hacer, como fue tan estúpido para dejarse atrapar. Lo raro es que aunque sabía que estaba solo, sentía que lo observaban aun; ese miedo del principio, se convirtió de a poco en pavor, en terror. No sabía como controlarse, se paro y empezó a buscar algo, buscaba como escapar, buscaba cualquier cosa que le ayude a salir de allá, fue cuando se detuvo frente a una pared, había un espejo y no podía creer lo que estos malditos le habían hecho. Con razón le dolían los parpados... Se los habían sacado.
Grito y maldijo de nuevo, con un ataque de rabia rompió el espejo, cortándose las manos, se arrojo al piso y se quedo en silencio, botado en el piso sangrante. Fue en ese lapso que se prendieron las luces y pudo ver algo que lo dejo atónito. Frente a él, en una pared, mirándolo fijamente, cientos de ojos en botellas lo observaban, lo observaban sin parar, algunos acusándolo, algunos perdonándolo, la mayoría maldiciéndolo.
Y el miedo nunca más se alejo, le acompaño por el resto, fue su único compañero por mucho tiempo y el no podía hacer nada... Ni siquiera cerrar los parpados.



Enrique Serolf (2007)

1 comentario:

gio dijo...

Muy lindo!!!!! a veces.......vemos solo lo q podemos ver, lo sentimos!! pero necesitamos comprobarlo....